El origen
En
el comienzo de lo inexistente la oscuridad emergía abrazando al universo en un
velo carente de ruido y gloriosa soledad. El espacio yacía ausente de luz y
vida. De la nada, un chispazo provocado; cual fósforo encendido a una velocidad
más allá de lo comprensible, declamaba iluminar el terreno baldío de lo
desconocido por pupilas cristalinas de miradas místicas. Revolucionó la galaxia
entera y radicalmente, haciendo así, una detonación catatónica descomunal que
arrastró consigo en una expansión telúrica que se esparció dando origen a la
vida. Todo esto acompañado del riesgo que los dioses preveían de la certeza de
lo causal que sería crear una estrella nueva llamada sol, y demás planetas de
una galaxia naciente. Dicho riesgo, contenía la letal causalidad del efecto de
atraer seres ajenos provenientes del inmenso cosmos infinito; seres corpulentos
de una talla divina y de una envergadura majestuosa, dispuestos a obtener el
dominio de cualquier luz destellante a como diera lugar en la conquista del cosmos.
Al arribar al origen de la detonación de una nueva estrella, dichos seres que fueron atraídos por la explosión expansiva; desenfundaron armas y artefactos, exigieron la rendición de los dioses perturbadores de la nada y la quietud. Siendo estos, negociando así con una eficacia intelectual a sabiendas que el motivo de su llegada, correspondía en quitarles su nueva fuente de luz. Dictaminaron un trato justo para obtener los derechos de autor de manera digna para la nueva y descomunal bola de fuego creada. Todos los presentes acataron con valor, respeto y honorabilidad el pacto encomendado por los dioses. El trato era debatirse a muerte, sin arma alguna en uno de los nuevos planetas concebidos; un tanto cercanos al nuevo sol. Tal planeta estaba reinado y ambientado por dos elementos vitales: agua y fuego. Los retadores en turno demandaron que no podían llevar a cabo la batalla en un terreno tan carente en estabilidad de apoyo físico para derrotar a sus oponentes. Así que los dioses crearon tierra firme para poder llevar a cabo tan vertiginosa pelea por el sol. La única regla establecida para dicho combate fue en la que el último ser en pie, sería el absoluto dueño de la nueva esfera resplandeciente; pero había una condición. Todos los que resultaran perdedores; desafortunadamente tendrían la condena de despojarse de todo poder y habilidad divina para ser convertidos en viles y desagradables insectos para así habitar dicho planeta. Los dioses creadores de la nueva estrella de fuego, al ver que todos los combatientes presentes aceptaron el convenio, se transformaron en un solo ser para así poder contemplar las batallas de manera atenta, podrían apreciar al último ser en pie que sería el nuevo dueño de la reciente estrella creada. Siendo así, la maratónica pelea comenzó llena de heroísmo y fatalidad. Fueron cayendo uno a uno los seres que anhelaban la victoria; morían con una sonrisa en el rostro al dar su máximo esfuerzo en tan memorable combate por el dominio de lo insólito. Al final, quedó un solo guerrero que gozaba de una anatomía digna de ser el nuevo propietario del sol. Alzando con orgullo su puño en alto, la victoria lo envolvía, enfatizaría un grito que resonaría en toda la nueva galaxia, acuñándolo así, como el nuevo propietario de la estrella de fuego dorada. Los dioses creadores quedaron extasiados y fascinados con el reluciente ganador. Todos los cuerpos de los combatientes en turno yacían sin vida en el suelo. Fueron resucitando poco a poco, convirtiéndose así en insectos con un nuevo cuerpo aplanado, ancho, ovalado; de aspecto correoso, con una gran placa plana unida al tórax que cubría parte de la cabeza; la cual, sería pequeña, y de ella, surgirían puntiagudas antenas un tanto delgadas y flexibles. Su abdomen se dividiría en diez fragmentos. Todos los nuevos cuerpos estarían protegidos por duros exoesqueletos; recubiertos por una sustancia cerosa, brillante y repulsiva. Poseerían grandes ojos, de igual modo, partes bucales adaptadas para morder, masticar y sorber alimentos líquidos. Olvidando así, a su pasado divino y lleno de heroicidad. Irían esparciéndose en el nuevo planeta.
El digno campeón de maratónica hazaña exigía su premio. Los dioses creadores que, ahora compartían un solo cuerpo, alzaron la mano del nuevo dueño de la estrella dorada; otorgándole así el premio deseado. Le preguntaron su nombre al orgulloso ganador, al decir su nombre, se retiró, dándose camino en dirección para obtener la descomunal bola de fuego para llevársela consigo a su galaxia proveniente. Los dioses dejaron de ser uno, para así volver a separarse y debatir entre ellos efusivamente. Se arrepintieron de golpe. No concebían que los despojaran de su creación adorada; siendo así: atacaron al guerrero que contemplaba su premio a espaldas de los dioses creadores que serían testigos del despojo de su creación. Lo encerrarían en la nueva estrella dorada para toda la eternidad. Los seres divinos, de nuevo arrepentidos, y con lágrimas en los ojos se desplomaron de rodillas al no creer todo lo que había sucedido previo al crear una nueva galaxia llena de planetas. Una estrella inmensa radió luz en su entorno. Los seres divinos se llenaron de un abrumador dolor; envueltos en culpa, sus ojos divinos se llenaron de lágrimas, acompañados de cierta fosforescencia. No querían sentir dicha culpa por sus actos ante su arrepentimiento, ante el guerrero que fue el único ser en pie y ganador del nuevo Sol. Se dieron a la tarea de recodar el nombre del combatiente que yacía atrapado en la nueva estrella de fuego de aquella reluciente y neófita galaxia. Nombrarían con dicho nombre al planeta donde se llevó a cabo tan épica batalla, en honor al guerrero encerrado: El planeta Terra. Formarían de tal modo, basándose en la anatomía del contrincante victorioso, creando a su imagen y semejanza al hombre humano, creando así, distintos géneros. Sus nuevas creaciones serían la división de ellos para así reproducirse. También los dotaron de una inteligencia implacable, pero carentes de vida eterna al darles también la finitud viviente. En consecuencia, convivirían con los antiguos dioses ahora convertidos en insectos por toda la eternidad y hasta el fin de los tiempos.
Al arribar al origen de la detonación de una nueva estrella, dichos seres que fueron atraídos por la explosión expansiva; desenfundaron armas y artefactos, exigieron la rendición de los dioses perturbadores de la nada y la quietud. Siendo estos, negociando así con una eficacia intelectual a sabiendas que el motivo de su llegada, correspondía en quitarles su nueva fuente de luz. Dictaminaron un trato justo para obtener los derechos de autor de manera digna para la nueva y descomunal bola de fuego creada. Todos los presentes acataron con valor, respeto y honorabilidad el pacto encomendado por los dioses. El trato era debatirse a muerte, sin arma alguna en uno de los nuevos planetas concebidos; un tanto cercanos al nuevo sol. Tal planeta estaba reinado y ambientado por dos elementos vitales: agua y fuego. Los retadores en turno demandaron que no podían llevar a cabo la batalla en un terreno tan carente en estabilidad de apoyo físico para derrotar a sus oponentes. Así que los dioses crearon tierra firme para poder llevar a cabo tan vertiginosa pelea por el sol. La única regla establecida para dicho combate fue en la que el último ser en pie, sería el absoluto dueño de la nueva esfera resplandeciente; pero había una condición. Todos los que resultaran perdedores; desafortunadamente tendrían la condena de despojarse de todo poder y habilidad divina para ser convertidos en viles y desagradables insectos para así habitar dicho planeta. Los dioses creadores de la nueva estrella de fuego, al ver que todos los combatientes presentes aceptaron el convenio, se transformaron en un solo ser para así poder contemplar las batallas de manera atenta, podrían apreciar al último ser en pie que sería el nuevo dueño de la reciente estrella creada. Siendo así, la maratónica pelea comenzó llena de heroísmo y fatalidad. Fueron cayendo uno a uno los seres que anhelaban la victoria; morían con una sonrisa en el rostro al dar su máximo esfuerzo en tan memorable combate por el dominio de lo insólito. Al final, quedó un solo guerrero que gozaba de una anatomía digna de ser el nuevo propietario del sol. Alzando con orgullo su puño en alto, la victoria lo envolvía, enfatizaría un grito que resonaría en toda la nueva galaxia, acuñándolo así, como el nuevo propietario de la estrella de fuego dorada. Los dioses creadores quedaron extasiados y fascinados con el reluciente ganador. Todos los cuerpos de los combatientes en turno yacían sin vida en el suelo. Fueron resucitando poco a poco, convirtiéndose así en insectos con un nuevo cuerpo aplanado, ancho, ovalado; de aspecto correoso, con una gran placa plana unida al tórax que cubría parte de la cabeza; la cual, sería pequeña, y de ella, surgirían puntiagudas antenas un tanto delgadas y flexibles. Su abdomen se dividiría en diez fragmentos. Todos los nuevos cuerpos estarían protegidos por duros exoesqueletos; recubiertos por una sustancia cerosa, brillante y repulsiva. Poseerían grandes ojos, de igual modo, partes bucales adaptadas para morder, masticar y sorber alimentos líquidos. Olvidando así, a su pasado divino y lleno de heroicidad. Irían esparciéndose en el nuevo planeta.
El digno campeón de maratónica hazaña exigía su premio. Los dioses creadores que, ahora compartían un solo cuerpo, alzaron la mano del nuevo dueño de la estrella dorada; otorgándole así el premio deseado. Le preguntaron su nombre al orgulloso ganador, al decir su nombre, se retiró, dándose camino en dirección para obtener la descomunal bola de fuego para llevársela consigo a su galaxia proveniente. Los dioses dejaron de ser uno, para así volver a separarse y debatir entre ellos efusivamente. Se arrepintieron de golpe. No concebían que los despojaran de su creación adorada; siendo así: atacaron al guerrero que contemplaba su premio a espaldas de los dioses creadores que serían testigos del despojo de su creación. Lo encerrarían en la nueva estrella dorada para toda la eternidad. Los seres divinos, de nuevo arrepentidos, y con lágrimas en los ojos se desplomaron de rodillas al no creer todo lo que había sucedido previo al crear una nueva galaxia llena de planetas. Una estrella inmensa radió luz en su entorno. Los seres divinos se llenaron de un abrumador dolor; envueltos en culpa, sus ojos divinos se llenaron de lágrimas, acompañados de cierta fosforescencia. No querían sentir dicha culpa por sus actos ante su arrepentimiento, ante el guerrero que fue el único ser en pie y ganador del nuevo Sol. Se dieron a la tarea de recodar el nombre del combatiente que yacía atrapado en la nueva estrella de fuego de aquella reluciente y neófita galaxia. Nombrarían con dicho nombre al planeta donde se llevó a cabo tan épica batalla, en honor al guerrero encerrado: El planeta Terra. Formarían de tal modo, basándose en la anatomía del contrincante victorioso, creando a su imagen y semejanza al hombre humano, creando así, distintos géneros. Sus nuevas creaciones serían la división de ellos para así reproducirse. También los dotaron de una inteligencia implacable, pero carentes de vida eterna al darles también la finitud viviente. En consecuencia, convivirían con los antiguos dioses ahora convertidos en insectos por toda la eternidad y hasta el fin de los tiempos.
J. N. R.


