Vida injusta
¿Cómo no resucitarme en un poema si mi pecho es una borrasca de disturbios mal acomodados? Vivo en un diluvio constante de atavíos. Crujen y se levantan sobre remolinos mezclándose entre el polvo blancuzco de aquel extraño y viejo piano. Una demolición constante de nostalgias me agobia en un cúmulo de dolor intenso sobre mis hombros y espalda terca. Quisiera renovar mi alma, volverme una nube cambiante de formas, y así lograr ser diferente para cada instante que alguien me ofrezca una mirada socarrona. O ser un pájaro que vuela alto y velozmente sobre las copas de los árboles distantes. Ser el viento y esfumarme en un soplo fresco para no incomodar a nadie por la extrañeza de pasar percibido ante el espectáculo de los sentidos superficiales. ¿Qué sería de la poesía si no existieran los pianos con teclas desafinadas? ¿A dónde irían a parar mis murmullos y mis quejas? Es esta sensibilidad tan mía y tan hechiza. ¡Maldita hipersensibilidad que me hace temblar ante personalidades robustas! ...



















