Vida injusta
¿Cómo
no resucitarme en un poema si mi pecho es una borrasca de disturbios mal
acomodados? Vivo en un diluvio constante de atavíos. Crujen y se levantan sobre
remolinos mezclándose entre el polvo blancuzco de aquel extraño y viejo piano.
Una demolición constante de nostalgias me agobia en un cúmulo de dolor intenso
sobre mis hombros y espalda terca. Quisiera renovar mi alma, volverme una nube
cambiante de formas, y así lograr ser diferente para cada instante que alguien
me ofrezca una mirada socarrona. O ser un pájaro que vuela alto y velozmente
sobre las copas de los árboles distantes. Ser el viento y esfumarme en un soplo
fresco para no incomodar a nadie por la extrañeza de pasar percibido ante el
espectáculo de los sentidos superficiales. ¿Qué sería de la poesía si no
existieran los pianos con teclas desafinadas? ¿A dónde irían a parar mis
murmullos y mis quejas? Es esta sensibilidad tan mía y tan hechiza. ¡Maldita
hipersensibilidad que me hace temblar ante personalidades robustas! Soy más
llanto que calma y aun así me animo a escribir: ¿cómo no escribir? Cómo no
escribir poesía si me tiemblan las palabras de la boca, en esta vida tan llena
de luz de hastío. Cómo no perseguir la luz si mi sombra decidió ya no seguir
mis pasos. Por qué dejar de incomodar a mis maestros de literatura con sueldo
fijo en su oficio de arruinar la creatividad humana. Cómo no maldecir al
profesor de filosofía y a su academia entera por convertir a la filosofía en un
acto oficinista: “dame tu reporte de Nietzsche, para la siguiente semana tu
ensayo sobre Platón, para ayer tu exposición sobre Foucault”. Cómo no dedicarle
poemas a mi compañera que siempre tiene cara de culo y sólo busca aprobación
con sus lindos poemas místicos. Se cansó de sus cuatro espectadores y ahora
busca llevar su ego a una mayor escala de seguidores. Cómo no enojarme cuando
me malinterpretan y creen que mis opiniones son argumentos ad hominem,
cuando yo sólo me dirijo a sus habilidades poco desarrolladas. Cómo no
retirarme de la ponencia de poesía, si el que sigue en leer sólo le aplauden
porque un formidable día; un maestro en estado de excitación decidió que su
alumno es una maravilla de poeta, claro, mientras siga lamiendo con insistencia
tantos pies como le resulte posible. Cómo no reírme de fantoches que creen que
por comprarse libros de costos elevados y de pasta dura son mejores que los
demás. Cómo no cuestionar a la “feminista” que sólo va a las marchas a mirar
con morbo y a ligar a las demás chicas, que en el salón estira las piernas como
hombre sentado en el camión porque al mundo se le olvidó que es lesbiana y debe
actuar como macho enamorado de su profesora de letras. Cómo no criticar a mi
maestra feminista de literatura que sólo festeja la “excelente” ortografía de
estudiantes del género femenino. Por qué no señalar su sectarismo y
reclutamiento. Por qué no hacer visible que hay más tituladas en la licenciatura
en Creación literaria que titulados. Por qué no cuestionar que los egresados se
vuelven invisibles para la universidad a la hora de pedirle un empleo fijo y de
buena paga en la academia. Por qué no criticar al profesor fantoche que se cree
el nuevo Bram Stoker mexicano y que ama hacer exámenes el primer día de clases
con su cara de snob petulante. Cómo no escribir poesía si me tiemblan las
palabras de la boca, pero me sigue latiendo el corazón de manera intempestiva.
¿Cómo vivir en un mundo injusto siendo un poeta que hace mala poesía?
J. N. R.


