Reinicio
Como un mar que se arriesga a raspar la arena tersa y pura, en el borde
donde las almas se doblan ingenuamente en su última y elaborada titilación,
pacto con mis pies a una conducción hacia un destino ignoto. Las llamas no
comprenden nuestros nombres; solo queman la piel sin escalar sobre nuestros ayeres
triviales. Soy la sal callada que atiende en silencio el discurrir sinfónico de
las olas que nunca se detienen. Me convierto en polvo que espera, en el llanto
suspendido de la blanca y efímera espuma. Soy fiera y quimera, reflejadas por
el fuego de gigantes sombras encapsuladas dentro de una caverna que acecha. Demoran
los llantos de las lágrimas imperceptibles de sirenas que hurgan. Las piedras
comienzan su recital venidero dentro de las lánguidas lobregueces. Las sombras
no muestran sus formas finales, sino un baile de siluetas toscas que se ríen y
enternecen ante la presencia de nuestras caras vacías. La humedad no comprende
de silencios, la sabiduría de las pinturas rupestres muestra un pasado
desgastado, un futuro brusco y ladino. Los sueños se vuelven palpables ante la
mezcla de olores de elementos naturales que gritan en silencio ante los oídos desafinados.
No es apto confiar ahora en los sentidos lógicos. La mejor guía para estas
circunstancias es la imaginación. La corriente de agua invisible nos introduce
cada vez más y más al centro del pulmón de la caverna. Como si se tratara de un
laberinto, no en su forma interminable, sino más bien visto desde una vista
panorámica desde las negras nubes. Se contempla como si pudiéramos apreciar con
vista de rayos X, cómo se muestran los intrincados pasadizos llenos de encrucijadas,
de múltiples opciones de posibles recorridos. Pero mi camino no conduce hacia
esos otros caminos de posibilidades, el misterio me tiene reservado otra
realidad. Aparece la primera criatura visible ante el poco brillo del agua
subterránea: es un ángel con piernas de reptil. Siento su mirada sabia, su
sonrisa impúdica, no siento terror ni calma. La criatura vocifera: “Es preciso
que veas con tus pies y pienses con las manos”. No tenía sentido, su voz era
angelical; en sus pausas gruñía como una bestia resistiendo el impulso de saciar
cierta ira o apetencia. Cerré los ojos como en señal de respeto a lo que sus
palabras me sugerían. Sentí cómo se desvanecía su presencia en el techo
pedrusco lleno de humedad junto a sonidos indescifrables. A partir de ese
momento las plantas de mis pies serian mis luceros. Continuaría mi recorrido
por aquel camino azulado lleno de pasadizos pedregosos. Mi respiración continuó
calmada a pesar de ciertas piedras puntiagudas que hacían sangrar a mi nueva
mirada sobre el empiedro. Una segunda criatura se manifestó con un sonido
vibrante sobre su cola de cascabel. Era una cabra con pies humanos y cola de
serpiente. Su voz sonaba muy ronca, como si dicha criatura se encontrara en una
fatiga excesiva. Cada paso mío me mostraba cierto aspecto físico de aquel ente
extraño. Era como si con cada paso registrara una onda sonora en la atmosfera
que me mostraba dentro de mi mente, el aspecto a detalle dentro de mi
circunferencia; como cierto efecto que hacen los murciélagos o los delfines: la
ecolocalización. Las palabras de la cabra amorfa fueron sencillas: “El camino
adelante se acaba, debes confiar en el vacío de la oscuridad, cualquier signo
de desconfianza, cambiará el destino de tu caída”. Al terminar mi sentencia, me
escupió alguna clase de sustancia como si de veneno se tratara sobre mis pies y
rostro; dejándome en un trance psicodélico y lleno de alucinación. Al terminar
el efecto, mis pies ya no sentían la superficie cavernosa, mis ojos ya no
funcionaban. Tuve que recurrir a gatear, dejar que mis palmas y rodillas me
condujeran a la orilla del acantilado de la caverna. Permanecí en silencio al
sentir la ventisca del vacío en las palmas de mis manos. No podía dejar que el
vacío percibiera alguna sensación de debilidades o duda en mi ser. Permanecí
unos segundos en silencio con un rostro calmado. Me di ánimos, me arrojé con
una sonrisa hacia el vacío. Sentí que la caída libre duró muchas horas, aun
así, persistía la calma en mi pecho. Persistía en mí esa sensación de estar
aprueba, sentía cientos de miradas atentas en cada tramo de caída, como si
múltiples criaturas extrañas estuvieran aguardando con paciencia el permiso
para saciar un hambre descomunal al momento exacto de verme flaquear. Resistía
todo lo que podía. Finalmente, pude vislumbrar un brillo a la distancia en mi
mirada incrédula. Era como si el suelo donde me esperaba un atroz choque de mi
cuerpo con el pavimento, tuviera reservado cierto espectáculo final. El brillo
se hacía cada vez más grande, se aclaraba de cierto modo. No lo entendía, no sé
si era porque mis ojos estaban acostumbrados a la oscuridad; no entendía del
todo cierto espectáculo de imágenes. Delante de mis sentidos me esperaba una
pantalla de televisión de buen tamaño. En la pantalla se dividían múltiples fragmentos
que reproducían momentos clave de mi vida: mi nacimiento, mi primer recuerdo,
mis padres alzándome en sus brazos, mi primera caída, mi primer dulce, y así en
una gama de grandes pixeles que dotaba toda la pantalla. Mis lágrimas
sacudieron el viento que rompía mi rostro en aquella pronta caída. En mi mente
y pecho se sentía cierta liberación, como si se tratara de un recipiente que
vaciara toda su información, toda su historia, como si se entregara un reporte
final de todas las experiencias en el tiempo de vida en la tierra. Al
estrellarme con la gran pantalla encendida, sentí cada pedazo de pantalla
desgarraba mi piel y como se partía mi cráneo en múltiples fragmentos como si
todo mi esqueleto estuviera compuesto de cristal. Lo extraño era que no sentía
ningún dolor alguno. La sangre se esparcía en aquel suelo frío de aquella
extraña caverna. Finalmente pude abrir los ojos y apreciar una vista en su
totalidad brillante como si estuviera frente al sol. Mi llanto anunció la
alegría de todos los presentes en aquella sala médica.
J. N. R.


