Belarmino Zapata
El
viento se empalmaba con la sincronía del movimiento de su rostro. El constante
pestañeo arremetía contra los suspiros de cada bocanada de humo proveniente de
su cigarrillo inquieto. La pantalla de su computadora estaba plagada de
informes sobre múltiples asesinatos expuestos en los distintos sitios web
desplegados; aquella búsqueda incesante de conectar y lidiar con la idea de la existencia
de un asesino en serie activo, lo hacía parecer como a un desquiciado obsesivo
en una profesión que ignoraba totalmente: la de detective mexicano.
Belarmino Zapata es un estudiante de
filosofía de universidad; lo cual resulta extraño ya que él ama el oficio de
escritor y todo lo que tenga que ver con novelas de terror, misterio, policíaco
y un extenso etcétera. Pero él sentía que, al elegir filos, nadie lo obligaría
a leer las novelas que más le gustaban. En cambio, si hubiera elegido
literatura estaría leyendo de manera forzada las lecturas elegidas por el
profesor más fantoche y esnob en turno. Y bueno, aquí está ahora ignorando sus
cinco trabajos de filosofía por seguirle la pista a un posible asesino en serie
en potencia de la Ciudad de México.
La mañana era ruidosa como de costumbre: el
clásico y exasperante sonido del camión de gas, se asemejaba a una nave
espacial aterrizando frente a la casa de los vecinos; mas el grito desquiciado
del señor del gas gritando a todo pulmón: ¡El gaaas!
Belarmino asemejaría la misma intensidad
de grito con la del doctor Víctor Frankenstein al denotar que su criatura yacía
con vida. La perrita de los vecinos reaccionaría al más mínimo sonido con
poderosos ladridos, haciendo que sea muy difícil concentrarse en las pistas más
obvias del caso recién comenzado: dos sujetos desnudos y amarrados de sus
extremidades yacían muertos debajo de las dos estatuas de los Indios Verdes.
Una mujer joven con tinte rubio medio descolorado debajo de un indio, y un
adulto de 49 años con barba de candado debajo del otro indio. Lo que más se le
hacía sospechoso al recién autollamado: detective Zapata, era que la noticia no
se hizo viral en todo México, sólo apareció en pequeños espacios: en uno de esos
periódicos de nota roja que recién habían sido censurados por la nueva jefa de
gobierno. Ya que previo al mundial de fútbol que se llevaría a cabo; en unos
cuantos meses, no quería que las noticias principales o los titulares
expusieran múltiples casos de barbarie en la ciudad.
Lo que sí encontró Belarmino en Internet,
fue un montón de fotografías y ligera información sobre dicho caso. Lo
espeluznante, era que no estaban en páginas de noticias, sino en blogs de
personas amantes de asesinos en serie y esoterismo. Lo que más le resultaba
impactante, era que en los medios de comunicación tradicionales no exponían el
evento como algo trágico, sino hablaban del caso de manera muy formal y
desinteresada. Como si un locutor de noticias en la radio dijera: “Buenos días,
México. Aparecieron dos muertos debajo de las estatuas de los Indios Verdes,
pero el clima luce agradable para la tarde. En otras noticias…”
Belarmino Zapata comenzó a reflexionar, esto
no se trataba de un acto de asesinato normal; de hecho, comenzó a maquilar en
su cabeza, cierta posibilidad de la existencia de sectas oscuras dirigidas por “entes
eruditos” sobre artes místicas y esotéricas que estuvieran activos en la ciudad.
Ya que cuando Belarmino iba corriendo en el parque donde se encuentran las
estatuas; muy de temprano, los cuerpos tenían distintas marcas extrañas; tenían
simbología oculta. Pensó aquella mañana en el pasado cuando habló al 911
para reportar los cadáveres. Por extraño que parezca, la policía llegó bastante
rápido, normalmente Zapata siempre hablaba al 911 para denunciar toda clase de
improperios que se llevaban a cabo en la calle donde habita, pero nunca lo
habían tomado enserio.
Los
peritos se encontraban realizando su trabajo de manera eficiente, mas los
clásicos policías obesos, tanto hombres como mujeres con sus atoles y tortas de
tamal en mano, riéndose de lo que presenciaban sus ojos llenos de ojeras por
madrugar en aquella mañana semi nublada.
Belarmino analizaba todo lo que sucedía en
su cabeza a través de la escena del crimen a distancia: «¿esto era algo de rutina?,
¿por qué todo está sucediendo tan rápido? Es como si los policías estuvieran
acostumbrados a proceder de manera habitual. ¿Aparecerían constantemente
cuerpos desnudos y amarrados en otros tipos de estatuas o monumentos de la
Ciudad de México?».
El sonido de la vecina gritando con su voz
extremadamente aguda traería a Belarmino al presente: «¡Aleeexa!» Distraería el
pensamiento de Belarmino mientras sonaban de fondo a todo volumen la música de
los corridos tumbados de moda del momento. Sin duda ser un detective primerizo
en una colonia popular complicaba el asunto de indagar en el pensamiento
crítico; un hecho sin respuesta aparente. La alarma del celular sonó de igual
modo con el graznido del gallo que ya comenzaba a agarrarle cariño.
Tenía que arreglarse para ir a la
universidad, pero recordó que no acabó su trabajo de entrega en línea, era un
resumen de los Presocráticos. Por alguna razón cuando una tarea no lo
emocionaba, implicaba aburrimiento y tedio. Belarmino ya quería llegar al tiempo
de Platón y Sócrates. Pero su profesor de Historia de filosofía insistía en dar
un ligero paso por aquellos bastos primeros filósofos que centraban sus debates
sobre la Physis y el origen de las cosas. ¿Cómo alguien podría pensar que el
origen de todo era el agua, fuego, viento y demás ideas atrabancadas? Pero
bueno, Belarmino le gustaba escuchar los argumentos de sus compañeros para
indagar en su pensamiento si lo que hablaban era un mero postaje o realmente
eran argumentos o preguntas sólidas desde su estado crítico. A Zapata le
encantaba leer a las personas y le fascinaba apreciar el tipo de palabras que
usaban los demás para dar fuerza a sus argumentos o para servirse de grandes
falacias.
La tarde siguió su curso, Belarmino llegó
a casa todo asoleado de la universidad. Su computador seguía en donde lo había
dejado: “Los misteriosos asesinatos en la CDMX”. Pero el agotamiento mental de
sus ideas se haría presente, el sueño lo tumbó de golpe después de comer. En
México se le llama “mal del puerco” a este síntoma somnoliento que se da
después de una pletórica ingesta de comida y bebida.
Al despertar en un gran charco de baba en
su almohada ya en plena sesión vespertina del día, Belarmino despertaría
recordando su sueño: Sócrates ayudándole a descifrar el modus operandi de
los asesinatos. Ese daimon tomando cartas en el asunto para llevar al
estado máximo del pensamiento crítico los conceptos.
Tareas, ruidos, asesinatos, ocultamientos,
corrupción, venganzas; todo eso parecía actualmente convivir en el día a día de
cualquier mexicano de cualquier clase social en el país. El punto aquí en
cuestión era: «¿valdría la pena develar todo esto?» Aquí en México no se premia
la justicia ciudadana, se mata y desaparece a los que ejercen, o tratan de
ejercer justicia de modo clandestino. El mismo sistema te lleva en contra de
las “normas” implicando que el que ejerció justicia, de igual modo, es una
persona peligrosa a la cual hay que tener dentro de la cárcel. Las leyes en
México sólo toman valor con el dinero de toda clase de procedencia, ya sea de
manera legal o ilícita. «¿Cuántos pesos bastarían para silenciar a alguien si
incomoda a algún personaje con gran poder económico y político en la ciudad?»
Seguro sería una cantidad ridícula para ellos; tomada por algún ente
desesperado por llegar a fin de mes con sus deudas monetarias al tope.
Tanto indagar en un problema “oculto” de
la Ciudad de México para que posiblemente asesinen a Belarmino y el crédito lo
tome algún comandante en jefe de policía por su “extrema eficacia” y con
aspecto de macho alfa agraciado. En fin, Belarmino se percataba de los posibles
riesgos en contra de su persona y demás familiares. «Por alguna razón los
delincuentes de este país saben rastrear con mucha mayor eficacia a los
familiares». Se decía Belarmino en voz alta dentro de su cabeza; ya un tanto
desesperado por si elegir o no el hecho de ejercer justicia de manera
independiente, o de resolver un caso que a nadie le importaría. Si muriera en
el intento de resolverlo, sería fácilmente borrado de la faz de la tierra. ¡Qué
dilema! Y si resuelve el caso, nadie lo tomaría como un héroe u obtendría
ningún beneficio monetario por sus indagaciones. ¿Qué haría? Yo sólo sé que
no se nada. Ese estúpido dilema siempre lo hacía enloquecer de manera
disimulada. Belarmino optó por seguir en sus indagaciones para dar con la
resolución del caso.
La noche seguiría su curso con el sonido
del teclado de Belarmino redactando todas las pistas en un grado de mayor a
menor importancia, para que, de modo práctico, tuviera las pistas más fuertes y
viables a simple vista. Volvió a quedarse dormido con el rostro tumbado en su
teclado y con una postura en extremo encorvada en su silla giratoria de
escritorio.
Era un nuevo día, los ladridos de perros
causados por gatos follando en las azoteas despertaría a nuestro nuevo posible detective
Zapata. «¡Qué mierda! Me volví a quedar dormido frente al escritorio». Se dijo
así mismo en un tono de hartazgo.
—Seguro ya es bien pinche tarde para
llegar a mi primera clase de filosofía: Mitos y logos.
Belarmino se apresuró en llevar a cabo
toda su rutina para estar semidormido y recargado en la ventana trasera dentro
de un camión de transporte público rumbo a la universidad. La demandante aglomeración
de cláxones vertidos en su campo de sonido mezclado con las cumbias, llevaría a
nuestro protagonista a despertarse completamente justo antes de llegar al
campus universitario.
—¡Vaya vida que llevo! Pareciera que paso
más tiempo dormido que despierto. ¿Y si la vida misma fuera un sueño y lo que
llamo realidad es perteneciente al estado onírico? ¡Vaya mierda! Debería ser
más bella la realidad entonces, ¿no?
En ocasiones Belarmino sentía que se había
convertido en una persona extremadamente quejosa sobre cada aspecto que lo
rodeaba. En más contadas veces, siempre se sentía más miserable que tranquilo. Y
las pocas veces que no se sentía tan miserable era cuando veía series de
detectives o leía novelas del género policíaco o novela negra. Sentía que vivir
en México era como vivir dentro de esas historias de grandes villanos,
corrupción, sociedad precaria y sin escrúpulos. Contemplar que la Ciudad de
México era un desastre, ya sea por los múltiples bloqueos en carreteras, obras
en construcción, reducción de carriles, basura en las calles, fugas de agua,
delincuencia de mano armada, corrupción en múltiples sistemas de organización,
la inflación de precios de la canasta básica y gasolina, desastres dentro del
transporte colectivo Metro, etcétera.
«El costo de vida ha aumentado cada vez
más». Piensa Belarmino que vivir de la filosofía o de ser detective privado, le
ocasionará morirse de hambre a un corto plazo. Sin embargo, él persiste en
seguir su curiosidad por medio de su intelecto. Volviendo a sus pensamientos sobre
el caso: «¿Por qué elegir ciertos monumentos para depositar cadáveres en estados
de sufrimiento antes de ser asesinados?» Parecía que no habría respuestas de
manera inmediata. Decidió acudir a una de esas librerías de viejo en la zona Centro
de la ciudad. Belarmino sentía que su intuición lo llamaba a dichas librerías
donde podría encontrar libros sobre símbolos, esoterismo y magia oculta.
Una vez inmerso por los enormes ríos de
libros que se desbordaban en viejos libreros, el señor Jorge; dueño de la
librería, lo llevó a una zona un tanto secreta, desde luego que no parecía
destinada a clientes frecuentes. Tenía un pasillo secreto de libreros que casi
no veían la luz natural del día. Y dicho pasillo se encontraba detrás de la
sección de Economía. Don Jorge tomó un libro grueso sobre la crisis económica
del 2008, y como película de castillos secretos, comenzó a aparecer frente a sus
ojos una entrada improvisada un tanto oscura. Don Jorge se cercioró de que no
entrara nadie a la librería, e introdujo a Belarmino a su sección más oculta de
libros. Encendió unas lámparas un tanto antiguas, y la magia comenzó: grandes
abanicos de telarañas se desplegaron ante el brillo de los lomos dorados de los
libros que las diferentes lámparas les proporcionaban. El señor Jorge lo dejó
solo frente a su gran tesoro secreto. El olor a libro viejo ahí era más
intenso. Comenzó su búsqueda para hallar pistas o atar cabos sobre los temas de
esoterismo, magia negra y filosofía oculta que involucraban a los varios
asesinatos en la Ciudad de México.
La búsqueda y recorrido por cada tomo fue
exhausta. En medio de su momento más intenso de concentración comenzaron a
suceder extraños sucesos en su habitar por el recinto de polvo y letras. Una
extraña niebla color púrpura comenzó a alzarse sobre sus pies y rodillas.
Múltiples tentáculos emergieron de libros grandes y gruesos que sostenía. El
susto los hizo arrojarlos con violencia al suelo lleno de niebla que hasta
apenas se percató que se esparcía por todo el pasillo. Don Jorge dejó la puerta
cerrada del cuarto grande, yacía trabada. Por la estructura del lugar sentía
que era imposible que alguien lo escuchara gritar. «En qué mierda me he metido».
En esos momentos era cuando más odiaba o maldecía su insistente curiosidad. Don
Jorge no podía escucharlo gritar, en su mente creía que Belarmino gozaba de su
búsqueda y curiosidad, no quería molestarlo en la extensa lectura de su basta
colección de libros ocultos.
Un extraño pentagrama con diferentes
signos apareció en el suelo del pasillo, se extendían enormes símbolos y
estrellas en el centro; eran de un color dorado radiante mezclado con tonos
naranjas y verdes fosforescentes. De dicho círculo emergió un ser con una
extraña túnica, debajo de sus mangas parecía haber una multiplicidad de
tentáculos blancos llenos símbolos, como tatuajes color púrpura. Del rostro de
dicho ser yacía una máscara de barro estilo tribal; debajo de ella, emergían una
variedad de tentáculos color blanco grisáceos sostenidos por anillos dorados.
Sostenía el tomo más grueso que Belarmino había arrojado al suelo hacía unos
instantes. Dicho ente abrió el tomo y comenzó a leerlo en voz alta en un idioma
indescifrable para el oído humano. Extendió su mano llena de tentáculos hacia
Belarmino que no lograba concebir el espectáculo que apreciaban sus ojos.
Sentía que no faltaba mucho para orinarse en sus pantalones, se quedó
petrificado, su cuerpo ya no respondía, aunque si fuera por Belarmino saltaría
al techo. La criatura con cuerpo humanoide colocó su mano en el pecho de él y
un extenso brillo dorado emergió del pecho palpitante de Belarmino. Se desmayó
al instante. Al abrir los ojos, yacía su cuerpo sentado en un sillón viejo
donde hace poco tiempo había una torre de libros sobre éste. Don Jorge sostenía
una gaza húmeda con alcohol y lucía un rostro muy preocupado ante su cliente
desvanecido.
—¿Dónde estoy? —espetó Belarmino en un
tono desafinado y débil.
—Sigues en mi librería, chico. —dijo don
Jorge en un tono de alivio.
Belarmino recobró su fuerza y salió de la
librería por su propio pie, a pesar de que don Jorge le rogó que le llamara a
alguien para que no se fuera solo por si se volvía a desmayar.
Ya dentro del metro, y rumbo hacia la
estación Indios Verdes, Belarmino fue espectador del espectáculo de luces,
sonidos y olores. Incluso sentía que otros sentidos se activaban en su cerebro:
pudo ver el esqueleto en tiempo real de un anciano encorvado sosteniendo un
paraguas cerrado. Podía ver el alma de personas muertas montadas sobre hombros
y haciendo travesuras a los seres vivos en cada parte del vagón. En los túneles
subterráneos pudo apreciar criaturas nunca antes vistas por ningún ojo humano.
Eran viscosas y enormes, se movían como arañas en lucha por su supervivencia.
Tenían una cantidad de bocas, ojos y bellos gruesos y puntiagudos que Belarmino
sentía que de nuevo se desmayaría del miedo.
Al llegar a su habitación, su cama parecía
un centro de curación simbólico, en el cual, se abalanzó Belarmino con un gesto
de satisfacción en el rostro. Las pesadillas no faltaron. Despertó después de
haber dormido tres días enteros. Su condición física interna era la de un ser
atlético que se apreciaba extremadamente ligero y con mucha energía. En su
mente, tenía cierto presentimiento hacia eventos que todavía no sucedían pero
que estaban pronto a suceder y sucederían. Era como estar en un modo de alerta
previo a que pasaran eventos que alteraran su tranquilidad. Incluso se podía
mover a la velocidad de la luz al estar en dicho modo de alerta. De igual modo,
al estar rodeado o en cercanía con electricidad o campos electromagnéticos,
podía usar dicha cantidad de energía para abrir diferentes puertas en el
terreno interdimensional de tiempo y espacio. Alguna vez viajó por accidente a
otras líneas de tiempo y presenció sus diferentes maneras de morir. Belarmino
Zapata no pudo dormir varios días después de dichos espectáculos ante la noción
de saber cómo podría acabar su vida ante diferentes líneas de multiplicidad de
variabilidad de tiempo.
De vuelta a su presente inmediato,
Belarmino cambió mucho de aspecto: ahora su cabello tenía ligeros rayos de
color plata, lo que lo hacía lucir un poco más viejo, pero a la vez más sabio
que antes. Comenzó a usar largos sacos de colores oscuros; sentía que acababa
de tomar la pastilla roja y estuviera despierto dentro de la Matrix, listo para
la acción ante cualquier caso de injusticia que él consideraba optimo enfrentar
y arreglar. Aunque de igual modo, tendría una apariencia un tanto cómica ya que
Belarmino no mide más de un metro con sesenta centímetros. No luciría imponente
ante el extremo atractivo o estereotipo de hombre alto, delgado y asiático que
se prefería entre sus compañeras de universidad. Sus gafas cuadradas y su evidente
bigote disparejo lo hacían ver como un señor pequeño.
Con el tiempo fue desarrollando sus nuevas
habilidades psíquicas, mentales y de hechicero; en realidad no sabía a qué
género o clase pertenecían todas sus nuevas habilidades “cósmicas”. Lo que más
le costó trabajo, fue cuando descubrió que podía abrir campos dimensionales en
el suelo o paredes para poder viajar a distintas partes del pasado. Intentó
viajar al futuro, pero por alguna razón todo estaba siempre en completa
oscuridad. Era como viajar a un cuarto sin paredes ni techo, ni suelo donde
todo es oscuridad. De vez en cuando iba a esa dimensión para relajar y
practicar sus otras habilidades; como la de generar electricidad con sus manos
para así también poder abrir campos de energía.
Una vez que se asentó y se sentía seguro
al controlar todo en su interior, Belarmino pudo sentir una gran tranquilidad
ante el hecho de investigar casos de injusticia en la Ciudad de México, si
algún ente con exceso de poder y corrupción quería desvivirlo, siempre podía
contar con sus habilidades para salir de algún aprieto de ese estilo. Aunque lo
que realmente le preocupaba, era no ser el único ser con las capacidades nuevas
que recién había dominado. «¿Existirían más personas como él con dichas
habilidades ocultas en la ciudad o en todo el mundo? ¿Estarán viajando a otras
partes del pasado para cambiar nuestro presente?» No estaba seguro de aquel
último pensamiento, ya que, si fueran capaz de cambiar el pasado, el presente
cambiaría constantemente.
Una mañana soleada en la universidad,
encerrado en la biblioteca, Belarmino continuó con el caso de los cadáveres que
aparecieron debajo de las estatuas de los indios verdes. Con sus nuevas
habilidades, podía hacer que, con cierta energía, múltiples libros abiertos
flotaran a su alrededor y así poder enfocar su atención en cada tema de su
interés. Claro que lo hacía en el segundo piso de la biblioteca de la
universidad donde todo estaba oscuro y casi nadie subía a ese rincón oscuro en
especial.
Con el tiempo y la mejora de sus
habilidades, Belarmino se dio cuenta de que detrás de los asesinatos con
cuerpos llenos de símbolos extraños que aparecían debajo de monumentos, no eran
producto de ninguna secta ocultista, o de personas dedicadas a lo bisutería.
Más bien ese tipo de sospechas eran prejuicios que tenía Belarmino antes de leer
más y más libros sobre diferentes temas. El verdadero problema era el
narcotráfico, desviaban su atención creyendo que dichos actos de cuerpos
desvividos provenían de sectas ocultistas, cuando realmente eran ellos detrás
de esa “máscara del mal” que nos hacen creer a la mayoría de los mexicanos. De
hecho, muchas personas que leen las cartas o hacen amarres, son mejores
personas que un narco que sólo busca saciar su deseo materialista.
Belarmino dio con los responsables, abrió
un portal hacia la entrada del infierno para que alguien más; fuera de esta
realidad, decidiera qué hacer con aquel pequeño grupo de narcos que envió
Belarmino Zapata. Múltiples criaturas se abalanzaron sobre los distintos narcos
aterrados por la situación. Belarmino Zapata seguiría estudiando y aprendiendo
más, para así ser un mejor detective y mago al mismo tiempo en un México que
aún escondía muchos secretos fascinantes que explorar.
J. N. R.


