Mirada impura

 

Mirada impura, devastada por el tiempo. Mirada incrusta. Escurro la sonrisa siniestra bajo el sudor de tus magnos pechos perezosos salpicados de vetas. Me adiestra tu carne bajo la sotana mientras rezas diez padres nuestros al alba. Deambulo en tus anchos muslos recordándolos enteramente húmedos y rojos por mis huellas. Te discurro exhibida, sorbiendo mi líquido beato mientras recibes el cuerpo y la sangre de Cristo.

Se alza la sangre de Jesús, ¡nuestras almas yacen libres de todo pecado!, ¡santo es nuestro claustro!, ¡viva la casa del Señor! Las lágrimas y aplausos se izan.

En la modorra, todo permuta. Nadie mira, nadie juzga, atas mis muñecas al camastro sin mesura. Tu lengua se clava en mi oído inquieto; las pieles se erizan. Alojas tus grandes aureolas rosadas expuestas ante mi belfo ensalivado. Encajas tu ancha y carnosa vulva sobre la ínfima rigidez de mi consagrada excitación. Nuestras lenguas se reverencian, serpentean, se tornan sacrosantas. La puerta muge; se resquebraja, dejando entrar a las demás almas santas con sus intimidades ostentadas ante mi voluntad generosa. La orgía de novicias se yergue al unísono ante las campanas que resuenan en jubilo ante tantas muestras de cariño hacia lo bendito, nuestro Señor. Todas las lenguas presentes aterrizan y despegan en diferentes labios y cavidades. Se iluminan con el esplendor de las velas los pezones de visibles tamaños, colores y texturas; yacen húmedos, rasgados, con múltiples hilos de saliva colgantes. Ante la falta de falos y el cansancio de índices y anulares; los crucifijos irrumpen en la acción, expandiendo todos nuestros pozos bulliciosos.

No teman hermanas, Dios nos dio beneplácito, Dios no recordará nuestros pecados. Dios nos ha negado su acompaña esta noche. 

Los mugidos y secreciones continuaron alzándose sobre el techo del aposento.

A la mañana siguiente, la sangre de Cristo me revitalizaba en mi rutina de escuchar las humildes confesiones de los pueblerinos pecadores: “¡Padre, he robado pan para mis hijos!” “Reza diez padres nuestros, sin pecado concebido.”

Los rezos llenaron de silencio la iglesia. Nadie sospechaba, nadie vaticinaba el cansancio de mi entidad. Dios no tuvo noción de mis jadeos, los confundió con duelo y brío. ¡Oh, Dios mío! Nunca sabrás de mi mirada impura, de aquella mirada incrusta, ¡de aquella mirada impura!

J. N. R.

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